Importancia de conservar la diversidad genética

La conservación del patrimonio genético de los cultivos nativos peruanos como activo para el desarrollo, competitivo y sostenible

El Perú está entre los países más biodiversos del mundo, no sólo por su número de especies silvestres (mariposas, aves y orquídeas), sino también por las variedades y razas nativas que desde tiempos ancestrales se cultivan y crían en nuestro territorio, como la papa, la quinua y posiblemente el maíz (Grobman et al., 2012 ). Nada menos que 184 especies de plantas y 5 de animales fueron domesticadas en Perú, y algunas de ellas tienen tanta importancia para la alimentación global como los cultivos citados. Este patrimonio genético, por otro lado, está estrechamente vinculado con el patrimonio cultural de los conocimientos, saberes y tecnologías asociadas a la biodiversidad que los pueblos indígenas han desarrollado y acumulado por siglos.

Las miles de variedades y razas cultivadas por aproximadamente dos millones de pequeños campesinos, que fueron vistos un día como un obstáculo para el desarrollo de una agricultura moderna y competitiva, hoy son vistas como una oportunidad y una ventaja competitiva. Y esto no se debe solo a su demostrada importancia para la seguridad alimentaria de las poblaciones más vulnerables (frente a la incertidumbre y los extremos climáticos derivados del calentamiento global): hoy los consumidores se orientan de forma creciente tanto hacia los alimentos naturales (incluyendo aquellos orgánicos y los producidos por pequeños agricultores), como hacia una diversidad de cultivos nativos en los que Perú es potencia.

Asimismo se reconoce que la agricultura familiar se caracteriza por utilizar principalmente mano de obra familiar, y los múltiples beneficios que genera su práctica contribuyen no solo a la seguridad y soberanía alimentaria de los países, sino también a la conservación de la biodiversidad y a la mitigación y adaptación al cambio climático. Reconocemos también que el incremento de la exportación de productos orgánicos en el país demuestra que es una gran oportunidad de negocio para los productores que se dedican a estos cultivos o cuya agricultura está particularmente adaptada para producirlos. Por otro lado, existe una fuerte corriente de cambio en las preferencias de los consumidores –nacionales y extranjeros- hacia los productos naturales. El barómetro de la biodiversidad reporta que más del 90 % de la población peruana demanda a las empresas de alimentos, bebidas y de cosméticos información sobre cómo se abastecen de los ingredientes naturales.

La mayor parte de la tierra cultivable en el Perú está distribuida en pequeñas parcelas familiares de menos de tres hectáreas en promedio, dispersas en un abigarrado paisaje (andino y amazónico) de nichos ecológicos, con tipos de climas, suelos y condiciones ambientales muy diversos. Este escenario no es favorable para los monocultivos industriales, pero sí para una pequeña agricultura basada en cultivos nativos con excepcionales cualidades nutricionales y organolépticas (Iguíñiz, 1994).

La base alimentaria de nuestro país se sustenta en la agricultura tradicional. El 60 % de alimentos frescos provienen de la diversidad de cultivos nativos, mientras que la crianza de animales para carne, leche y fibra se basa principalmente en pastos nativos. Esto ha permitido que históricamente dispongamos de una dieta diversificada a lo largo de todo el año.

Por otro lado, está comprobado que la agricultura tradicional y la agrobiodiversidad se constituyen en excelentes herramientas de adaptación a los riesgos derivados del cambio climático, en contraste con la agricultura industrial o de monocultivos (Howden et al., 2007; PROCISUR, 2011).

Sin duda el éxito de la gastronomía peruana se sustenta en la riqueza de opciones que brinda la diversidad genética de los cultivos nativos. Por ejemplo, las más de tres mil variedades de papa y 52 razas de maíz brindan sabores y texturas culinarias que enriquecen la gastronomía. Según estudios realizados por la consultora Arellano para la Asociación Peruana de Gastronomía – APEGA, la gastronomía aporta al país alrededor del 9.5 % del PBI, y es particularmente intensiva en mano de obra (APEGA, 2013).

El mercado para la biodiversidad nativa cultivada no es el convencional, por lo que se necesita fortalecer los mercados diferenciados o llamados “nichos” de mercado. Uno de ellos es el nicho de productos orgánicos. Ahora bien, si la biodiversidad cultivada es afectada por los OVM podemos perder el creciente mercado mundial de productos orgánicos, que ya supera en Perú los 300 millones de dólares de exportación por año y crece a un ritmo sostenido pese a los vaivenes de la economía global. La implementación de La ley de Moratoria contribuye a crear las condiciones favorables para fortalecer, diversificar y mejorar la competitividad de la oferta de productos agropecuarios para la exportación. Dichos productos están orientados a mercados que demandan productos naturales, libres de OVM cada vez más exigentes respecto a sus características orgánicas.

Los mercados de productos llamados “sostenibles”, incluyendo los orgánicos y funcionales (productos que además de ser nutritivos puedan contribuir con la prevención y cuidado de la salud) crecen a tasas bastante mayores que el sector alimentario en general. Por ejemplo, la exportación de productos orgánicos peruanos se incrementó de 25 millones de dólares el 2000 a 195 millones el 2015. Promperú calcula que en el transcurso del 2016, las exportaciones se incrementarán en un 13% . Tal crecimiento se atribuye al mayor conocimiento de los consumidores sobre los beneficios nutricionales y ambientales de estos productos.

Organic Monitor estimó en US$ 60 mil millones el mercado mundial de alimentos y bebidas “ecológicas” durante el año 2010. En Estados Unidos, pese a ser el mayor productor de OVM, las ventas de productos orgánicos se ha más que triplicado desde el 2000, de 1.2% de las ventas totales de alimentos a 3.7% el 2010, que corresponden a US$ 24 mil millones.

A esta tendencia se suma la creciente demanda de alimentos que tienen extraordinarias cualidades nutritivas y nutracéuticas, como antioxidantes. Muchos expertos consideran que el Perú tiene todas las condiciones para convertirse en una potencia exportadora de este tipo de alimentos .

 

Por otro lado, los consumidores de orgánicos y otros productos naturales se muestran dispuestos a pagar mayores precios por ellos, lo que representa una oportunidad para pequeños productores agrarios como los que predominan en el agro peruano.

En el Perú están registrados unos 55 mil pequeños agricultores orgánicos, que también conservan y viven de la biodiversidad, y crecen cada año de forma significativa, como crecen los mercados orgánicos en todo el mundo. La certificación orgánica exige que los productos no provengan de o no contengan transgénicos. Cada año los importadores de países desarrollados piden se certifique que los productos peruanos como quinua, pallares o maíz morado, se encuentren libres de OVM. Si no se toman las precauciones adecuadas con el ingreso y liberación de los OVM, muchos de los productores peruanos podrían ser seriamente afectados y perder competitividad. A productos emblemáticos como la papa nativa, la quinua, el aguaymanto, el maíz morado y muchos otros más, podrían cerrárseles nichos de mercado muy ventajosos por estar contaminados. Hay que considerar que cada vez más importadores de los países desarrollados exigen certificados “libre de OVM” para productos provenientes de diversos países, por lo cual, nosotros tenemos una ventaja comparativa al respecto.

En consecuencia, dada su alta diversidad genética y la importancia de la agrobiodiversidad para la seguridad alimentaria y la agricultura familiar, la industria gastronómica y turística asociada, y la agroexportación, el Perú requiere implementar cuidadosamente un marco nacional de bioseguridad para la aplicación de la ingeniería genética o uso de transgénicos para cultivos y crianzas.

La bioseguridad abarca todas las medidas que nos garanticen maximizar los beneficios del uso de los OVM, pero reduciendo al mínimo los riesgos asociados, para proteger el ambiente, la diversidad biológica y la salud humana.

No obstante; si desconocemos la ubicación y la distribución de la diversidad genética, ¿cómo podemos emitir autorizaciones con seguridad de que no van a producirse daños? Si no tenemos mecanismos de vigilancia y control, ¿cómo podemos saber si no están ingresando o liberándose al ambiente transgénicos que no han sido aprobados? Si no hay procedimientos para hacer la evaluación de riesgos, ¿cómo vamos a tomar una decisión informada y que minimice los daños a la diversidad biológica?

Es en este contexto que cobra particular relevancia la Ley de Moratoria, puesto que el ingreso de OVM sin ningún tipo de control podría contaminar y degradar este valioso patrimonio genético, así como restar competitividad a la pequeña agricultura familiar, a la agro exportación orgánica y a la industria gastronómica y turística, además de poner en riesgo la seguridad alimentaria frente al cambio climático.

Sin cerrarse a las ventajas y oportunidades que la biotecnología moderna puede traer al Perú, ha sido acertada la decisión de reservar unos años para conocer dónde y cómo se distribuyen nuestros recursos genéticos más valiosos, con el fin de tomar decisiones informadas y fortalecer nuestras capacidades de cara a un uso seguro y ventajoso de las nuevas herramientas que la ciencia y la tecnología ponen a nuestra disposición.

Precisamente el MINAM acaba de concluir un estudio (encargado a la Red de Acción en Agricultura Alternativa – RAAA) sobre alternativas a los OVM, inicialmente en algodón y maíz. El informe es alentador, pues evidencia que tenemos 12 linajes o cultivares comerciales de algodón, y 13 híbridos y cultivares de maíz, superando el promedio nacional de productividad y empleando semilla certificada convencional no transgénica.

El Perú no es el único país que estableció una moratoria. Por ejemplo; México, centro de origen del maíz, tuvo una moratoria de facto (no por Ley) de 10 años a este cultivo transgénico. Entre 1988 y 1998 emitió 26 autorizaciones al maíz transgénico; pero entre 1999 y 2009, no dio ni una sola autorización. ¿Qué hizo en ese periodo? Estudió la distribución de la diversidad genética del maíz en todo su territorio. En el 2010 volvió a admitir solicitudes para pruebas experimentales en maíz, pero desde el 2013 ya no las acepta. Actualmente, México no cultiva maíz transgénico. La ventaja de tener una moratoria a través de una ley —y no una de facto— es que se tienen plazos y metas, además de generar el mecanismo y soporte legal para cumplir con los objetivos.

La falta de información inicial para poder identificar las oportunidades que presenta la conservación de nuestros recursos genéticos nativos ha generado algunas posiciones contrarias a la Ley de Moratoria establecida en el país, referidas principalmente a una posible afectación al comercio internacional de importación de semillas y a la productividad de los cultivos.

De las conclusiones a las que arribó el estudio realizado por Zegarra (2013[ ]), sobre el cultivo de maíz amarillo duro en el Perú, se determina que es errónea la afirmación de que únicamente el ingreso de semillas transgénicas permitiría elevar sus rendimientos, ya que el problema de la baja productividad por hectárea se debe a que solo el 32% de los agricultores peruanos de este cultivo, que son principalmente campesinos de la costa, compra semillas mejoradas y certificadas (nacionales e importadas) (ENAPRES, 2011); mientras que las dos terceras partes de los cultivadores de maíz amarillo del Perú restantes, utilizan el grano —comprado en el mercado o cosechado por ellos mismos— como semilla, lo que afecta considerablemente su rendimiento debido a la segregación genética.

Adicionalmente, otro factor que determina la baja productividad no sólo está vinculado al uso de determinada semilla, si no a la ausencia de buenas prácticas y tecnificación. Los rendimientos (cantidad producida por hectárea) de los cultivos no sólo dependen de la variedad utilizada, sino también de su adaptación al agroecosistema y a la disponibilidad de tecnología agraria (sistemas de riego, manejo integrado de plagas, uso de maquinaría agrícola, etc.), tal como ha sido demostrado en cultivo de maíz amarillo en localidades de Lima Norte, Ica o La Libertad, donde los rendimientos de las semillas mejoradas y certificadas superan las 10 toneladas por hectárea.

Por lo tanto la solución del problema de baja productividad supone promover una mayor adopción de semillas mejoradas y certificadas que no generan los riesgos de contaminación a la biodiversidad nativa, a diferencia de las semillas transgénicas, así como a la adopción de buenas prácticas y tecnificación de los cultivos.